Esa tarde, mientras Esteban está en la ducha, abres el cajón superior de su escritorio.
Al principio, la vergüenza te pincha, como si fueras tú quien cruza un límite. Entonces recuerdas que tu lecho matrimonial se ha convertido en un escudo por su culpa, y ese sentimiento desaparece. Dentro del cajón hay facturas, recibos, tornillos sueltos, una cinta métrica, un cargador, dos folletos de la iglesia y un teléfono que no reconoces.
Tu pulso se dispara.
Es un teléfono antiguo, pantalla rayada, funda barata, batería al 18 por ciento. Lo enciendes.
Sin contraseña.
Una claridad fría te invade. Los hombres que se creen listos a menudo se vuelven descuidados dentro de sus propios sistemas ocultos. Empiezan a asumir que las mismas personas que les protegen son demasiado confiadas para mirar.
El teléfono no tiene nombres reales en sus contactos, solo iniciales. Pero es la galería de fotos la que te seca la boca.
Capturas de pantalla.
Mujeres de las redes sociales. Algunos de páginas de la iglesia, otros de eventos del barrio, otros de reuniones familiares. Imágenes recortadas. Cinturas acercadas. Caras. Bocas. Una foto borrosa tomada desde atrás en la cola de un supermercado. Otra de Lucía en el tejado colgando la ropa, claramente captada desde dentro de la casa a través de una ventana.
Tu mano tiembla.
En la parte inferior de la galería hay un vídeo de tres segundos. Comienza oscuro y desenfocado, luego se vuelve lo suficientemente nítido para mostrar una puerta de dormitorio ligeramente abierta en la oscuridad. La cámara se acerca un poco más. El clip corta.