El olor me golpeó primero: papel viejo y cedro, la intimidad particular de un espacio cerrado.
En medio del suelo de hormigón había una enorme caja de madera, más alta que yo, cubierta por una gruesa capa de telarañas y polvo que daba fe de su presencia allí durante mucho tiempo.
Limpié la parte delantera con un paño del bolsillo, encontré el pestillo y levanté la tapa.
Fue el olor lo que primero me llamó la atención.
Dentro había dibujos infantiles atados con cintas desvaídas, tarjetas de cumpleaños dirigidas a “Querido Harold”, certificados escolares y decenas de cartas cuidadosamente conservadas.
Todos terminaban con el mismo nombre: Virginia.
Al fondo, había una lima desgastada. La abrí despacio.
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