Leo dio un paso al frente.
La habitación estaba helada. La piel del bebé, pálida.
Los médicos observaban con los brazos cruzados, esperando que fracasara.
Leo aplicó una pequeña gota de aceite debajo de la mandíbula del bebé para reducir la fricción. Luego presionó suavemente sobre la zona inflamada.
Nada.
El monitor permaneció plano.
Isabelle sollozó con más fuerza.
—Basta —dijo el médico jefe—. Esto no tiene sentido.
El personal de seguridad volvió a acercarse a Leo.
Entonces…
Una leve vibración bajo sus dedos.
Leo actuó al instante.
Levantó al bebé ligeramente, inclinándolo hacia abajo como le había enseñado su abuelo cuando un gatito callejero se atragantó con plástico.
Una palmadita firme.
Dos.
Tres.
Un médico gritó: —¡Alto! ¡Le va a causar un trauma!
Cuatro.
Leo presionó bajo la mandíbula y dio un empujón rápido y seco.
Una pequeña bolita de plástico roja salió disparada y golpeó el suelo de mármol con un clic seco.
Durante un instante, nadie se movió.
Entonces…
Un llanto.
Fuerte. Intenso. Vivo.
El monitor cardíaco volvió a funcionar con líneas verdes irregulares.
Pitido.
Respiración.
Vida.
Los médicos se quedaron pálidos y sin palabras.
No había sido un tumor.
El bebé se había atragantado con una bolita atascada en sus vías respiratorias, oculta bajo la inflamación.
Las máquinas buscaban la enfermedad.
Leo buscaba algo pequeño y real.
Isabelle se derrumbó en lágrimas —esta vez de alivio— abrazando a su bebé que lloraba.
Richard se giró lentamente hacia Leo.
Delante de todo el equipo médico, el multimillonario inclinó la cabeza.
«Lo tenía todo», dijo con voz temblorosa. «Y no vi nada. Usted vio lo que nosotros no vimos. Salvó a mi hijo».
Leo se encogió de hombros levemente, secándose las manos en sus vaqueros desgastados.
«Solo miré con atención».
ver continúa en la página siguiente