“¿Evan?”, balbuceó. “¿Qué haces aquí?”.
Al oír mi nombre, Meredith levantó lentamente la cabeza.
Cuando sus ojos se encontraron con los míos, el alivio no fue la primera emoción que experimenté.
Fue incertidumbre.
Casi miedo.
“¿Evan?”, susurró con cuidado.
Avancé lentamente, con cuidado de no moverme demasiado bruscamente, como si un gesto descuidado pudiera hacer que la frágil compostura que mantenía se desmoronara.
Sus manos eran más ásperas de lo que recordaba, la piel seca por el detergente y el agua caliente.
Verla me hizo un nudo en la garganta.
“¿Qué haces aquí?”, pregunté en voz baja, aunque la respuesta ya había empezado a formarse en mi mente.
Allison se abalanzó como si aún pudiera reorganizar la escena antes de que se convirtiera en algo serio.
“No es nada dramático”, dijo rápidamente. “A Meredith simplemente le gusta ayudar. Hemos tenido invitados toda la noche y alguien tenía que encargarse de la cocina”.
Miré de mi hermana a la mujer junto al fregadero.
Entonces volví a hablar, con voz tranquila pero firme.
“Pusiste a mi esposa a cargo de lavar los platos en mi propia casa.”
Allison puso los ojos en blanco como si la situación fuera trivial.
“Evan, solo son platos. Estamos recibiendo gente. Meredith es parte de la familia.”
Negué con la cabeza lentamente.
“La familia no le habla así a alguien.”
Meredith se encogió un poco cuando la conversación se puso tensa, y ese pequeño gesto dolió más que cualquier cosa que Allison hubiera dicho.
Significaba que había aprendido a esperar conflictos.
Me giré suavemente hacia ella.
“Meredith… ¿querías estar haciendo esto?”
Dudó.
Por un breve instante miró a Allison antes de responder.
Esa mirada me lo dijo todo.
Una casa que había cambiado
Allison intentó recuperar el control de la conversación.
“Estás exagerando”, insistió. “Meredith ha estado sensible últimamente. Mamá incluso dijo que ella…”
Levanté una mano.
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