Respiró hondo.
Y extendió la mano… para abrir la puerta.
La puerta del hotel se abrió silenciosamente, pero dentro de Caroline fue como una explosión. Una explosión silenciosa. Otra puerta —la suya— se abría después de cuarenta años cerrada.
El hombre que tenía delante tenía el pelo gris, vestía un traje impecable y desprendía una sutil colonia. No la veía como una mercancía. La veía como alguien capaz de salvarlo, aunque solo fuera por unas horas, de su soledad.
Caroline se quedó de pie en el umbral, aferrándose al marco como si estuviera al borde de un precipicio.
—¿Estás segura? —preguntó él.
Caroline no sabía qué decir. Dos mundos se debatían en su mente: la iglesia y la vida; la oración y el cuerpo; lo que era «correcto» y el deseo. Solo sabía que necesitaba dinero para salvar la casa… y necesitaba algo más que aún no se atrevía a nombrar.
Asintió, apenas y con torpeza.
—Hablemos primero —se oyó decir.
Él sonrió, aliviado. Se sentaron. Caroline sirvió agua con manos temblorosas; casi la derramó, y el hombre tomó el vaso y lo colocó con cuidado sobre la mesa.
—Me llamo Graham —dijo. —Siento si te incomodo. Yo… me acabo de divorciar. Tengo un evento importante esta noche y no quería ir sola. Parece… ridículo.
Caroline lo miró, sorprendida por su sinceridad. Esperaba miradas lascivas, palabras hirientes. Pero él era un hombre que solo quería dejar de sentirse vacío.
—Soy Caroline —respondió ella.
Él se quedó quieto un momento.
—¿Puedes usar tu nombre real?
Caroline había preparado un nombre, una máscara. Pero de repente él se cansó de las máscaras.
—Esta noche… soy Caroline.
Hablaron durante casi una hora. Sobre el tiempo, la comida, los viajes. Caroline nunca había viajado lejos; siempre había creído que «no era necesario». Cada pequeña conversación era una piedra colocada en el camino hacia su propio despertar.
Finalmente, Graham se puso de pie.
—No te obligaré a hacer nada —dijo él—. Pero si aceptas, ven conmigo esta noche. Pagaré lo que acordamos… y te lo agradeceré.
Caroline pensó en el banco. El carillón. La casa. Y en una verdad: había vivido cuarenta años como una sombra. Si seguía teniendo miedo, lo perdería todo… incluso a sí misma.
—Acepto —dijo.
Esa noche, se puso un sencillo vestido negro. Se maquilló discretamente. Al mirarse en el espejo, no se sintió más joven: se sintió presente, como si por primera vez habitara su propio cuerpo.