El silencio que siguió fue visceral. Zainab sintió cómo la sangre se le helaba de las extremidades, dejando sus dedos helados. No lloró. Las lágrimas eran una moneda de cambio que había agotado a los diez años. Simplemente sintió que el mundo se transformaba.
La boda fue una percusión hueca de pasos y risas apagadas y entrecortadas. Tuvo lugar en el patio embarrado del magistrado local, lejos de las miradas de la élite del pueblo. Zainab llevaba un vestido de lino áspero, un último insulto de sus hermanas. Sintió la mano callosa de un desconocido tomar la suya. Su agarre era firme, sorprendentemente seguro, pero su manga estaba hecha jirones, la tela deshilachada contra su muñeca.
«Ese es tu problema ahora», replicó Malik, como si una puerta se cerrara de golpe sobre una vida.
El hombre, Yusha, no dijo nada. La alejó del único hogar que había conocido, con pasos firmes incluso en el barro. Caminaron durante lo que parecieron horas, dejando atrás el aroma a jazmín y madera pulida, reemplazado por el olor salino y a descomposición de las riberas y el aire denso y húmedo de las afueras.
Su hogar era una choza que suspiraba con cada ráfaga de viento. Olía a tierra húmeda y hollín viejo.
—No es gran cosa —dijo Yusha. Su voz fue una revelación: baja, melodiosa y desprovista de la aspereza a la que se había acostumbrado en los hombres—. Pero el techo aguanta y las paredes no se derrumban. Estarás a salvo aquí, Zainab.
El sonido de su nombre, pronunciado con tanta solemnidad, la impactó más que cualquier golpe. Se desplomó sobre una alfombra fina, con los sentidos hipersensibles al espacio. Lo oyó moverse: el tintineo de una taza de hojalata, el crujido de la hierba seca, el crepitar de una cerilla.
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