“El padre casó a su hija, que era ciega de nacimiento, con un mendigo, y lo que sucedió después sorprendió a mucha gente.”

Pero las sombras siempre se alargan antes de desvanecerse.

Un martes, envalentonada por su recién descubierta independencia, Zainab llevó una cesta a las afueras del pueblo para recoger verduras. Conocía el camino: cuarenta pasos hasta la gran piedra, un giro brusco a la izquierda que traía consigo el aroma de la curtiduría, y luego todo recto hasta que el aire se refrescaba con el arroyo.

—Mira eso —siseó una voz. Era una voz como cristales rotos—. La reina de los mendigos ha salido a dar un paseo.

Zainab se quedó paralizada. —¿Aminah?

Su hermana invadió su espacio personal; el aroma a agua de rosas cara la dejó con una sensación abrumadora y sofocante. —Te ves patética, Zainab. De verdad. Pensar que cambiaste una mansión por una choza de barro y un hombre que huele a cloaca.

—Soy feliz —dijo Zainab con voz temblorosa pero firme—. Me trata como si fuera de oro. Algo que nuestro padre nunca entendió.

Aminah rió, una risa aguda y estridente que sobresaltó a un cuervo cercano. ¿Oro? ¡Ay, pobrecita ingenua! ¿Crees que es un mendigo porque es pobre? ¿Crees que esto es un romance trágico?

Aminah se inclinó hacia Zainab, su cálido aliento rozando su oído. —No es un mendigo, Zainab. Es una penitencia. Es el hombre que lo perdió todo en una apuesta que no podía ganar. No se queda contigo por amor. Se queda contigo porque se esconde. Usa tu ceguera como un manto.

 

 

 

 

 

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