“La tercera noche”, dice, “el pomo se movió.”
Ninguno de los dos habla.
El viento agita la ropa que cuelga al otro lado del tejado. En algún lugar abajo, un perro empieza a ladrar a la nada. Piensas en el estrecho pasillo de arriba, en puertas abriéndose en la oscuridad, en tu propio marido de pie en las sombras fuera de la habitación de una joven.
“Después de eso cerré la puerta con llave”, dice Lucía. “A la mañana siguiente, Esteban bromeó en el desayuno diciendo que las viejas bisagras de la casa hacían ruidos extraños y podían hacer que la gente se imaginara cosas.” Entonces te mira. “No le había contado a nadie lo que escuché.”
La noche parece inclinarse.
“Lo sabía”, susurras.
“Sí.”
La rabia se arde tan fuerte que te marea.
Quieres rechazarlo—insistir en que debe haber algún malentendido, que Esteban es extraño pero no depredador, torpe pero no peligroso. Pero los detalles se alinean demasiado perfectamente. El sueño simulado. La luz cuidadosa. El pomo de la puerta. Los comentarios. La forma en que Lucía eligió la proximidad sobre la distancia, colocándose entre vosotros como si vuestra presencia fuera un escudo.
“¿Por qué dormir entre nosotros?” preguntas, aunque ya sospechas la respuesta.
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