Los ojos de Lucía se llenan de lágrimas.
“Porque no intentará nada contigo allí”, dice ella. “Y porque si él venía de su lado de la cama, tendría que inclinarse sobre mí mientras estuviera a tu lado. Pensé que si me hacía imposible de alcanzar sin despertarte, él pararía.”
Te recorre el mareo.
“¿Por qué no me lo dijiste?”
“Quería hacerlo. Cada día.” Se limpia la cara con fuerza. “Pero vi cómo todos le querían. Cómo le elogió tu madre. Cómo Tomás le admiraba. Y no paraba de imaginar tu cara si lo decía en voz alta. Pensé que quizá podría manejarlo en silencio. Si me quedaba donde él no podía alcanzarme, si nunca estuviera a solas con él, quizá pasaría.”
“¿Y la luz?”
“Usa la linterna del móvil por la rendija para comprobar si estoy en tu habitación.” Su voz baja. “A veces espera. A veces toca para ver si reacciono.”
Continuar en la página siguiente