“Esta noche”, dice Lucía. “En la azotea. Después de que todos estén dormidos.”
Deberías insistir ahora.
Deberías exigir respuestas a la luz del día, en la cocina, rodeado de armarios, platos limpios y objetos prácticos que puedan servir de testigos. Pero algo en la cara de Lucía te detiene. No es terquedad. Es un miedo tan estirado que parece cortesía.
Así que asientes una vez.
“Esta noche”, dices.
Todo el día, la casa se siente escenificada.
Tu madre baja con la bata, quejándose de la rodilla y preguntando si quedan huevos. Esteban aparece diez minutos después, rascándose el pecho, besándote en la mejilla, quejándose de que ha dormido mal aunque sabes que ha dormido como una piedra. Cuando ve a Lucía en la cocina, su expresión cambia tan rápido que casi no lo notas. No deseo. No es irritación. Algo mucho más extraño.
Reconocimiento.
Dura menos de un segundo.
Luego desaparece, reemplazado por su habitual suavidad. “Buenos días”, dice.
Lucía no le sostiene la mirada. “Buenos días.”
Sientes el intercambio como un escalofrío en la nuca.
Por primera vez, la extraña disposición en tu cama comienza a reorganizarse en tu mente. Hasta ahora, has tratado la presencia nocturna de Lucía como un problema que orbita en torno a la vergüenza, la decencia y los cotilleos. Un extraño hábito familiar. Un problema de límites. Algo que resentir porque hacía que tu hogar se sintiera absurdo y tu matrimonio invadido.
Pero ahora se abre otra posibilidad.
¿Y si Lucía no ha estado durmiendo entre tú y Esteban porque teme la oscuridad?
¿Y si le teme?
Continuar en la página siguiente