El pensamiento es tan feo que tu mente lo rechaza al instante.
No Esteban.
No a tu marido, que le frota mentol en el hombro a tu madre cuando le agrava la artritis. No el hombre que una vez condujo tres horas a través de una tormenta para recoger a tu prima cuando su coche se averió fuera de Tlaxcala. No el hombre que dobla bolsas de la compra y las alinea bajo el fregadero con una orden casi obsesiva. Esteban no es cruel. No es imprudente. No es uno de esos hombres cuya oscuridad se aferra a ellos como colonia.
Y sin embargo.
La mirada de esta mañana. La forma en que Lucía evitaba su mirada. La luz de la puerta. Su cabeza se movió hacia su camino.
Durante todo el día, ese pensamiento te sigue por la casa como una segunda sombra.
Esa tarde, mientras cuelgáis sábanas húmedas a lo largo del tejado, tu madre se une a ti con un cubo de pinzas de ropa. “Los vecinos están hablando otra vez”, dice.
Cortas una esquina de la hoja más fuerte de lo necesario. “Siempre lo son.”
“Esto es diferente.” Baja la voz. “La señora Delgado dijo que su hija dice que vio a Lucía entrar en tu habitación después de medianoche llevando una almohada. Dos veces.”
Mantienes una expresión neutral. “¿Y?”
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