Luego, agarrando el borde de su manta con ambas manos, dice: “Todo empezó antes de que nos mudáramos aquí.”
Permanece en silencio.
Ella mantiene la vista en los tejados vecinos en vez de en ti. “Al principio pensé que era cosa mía. Tomás trabajaba turnos nocturnos, y a veces Esteban pasaba por el apartamento—trayendo la compra, preguntando si el casero había arreglado algo. Siempre fue servicial. Siempre educado.” Aprieta la boca. “Y una tarde, se quedó demasiado cerca en la cocina.”
El frío se extiende por tus brazos.
“Me rozó cuando no hacía falta”, continúa Lucía. “Me aparté y me dije a mí mismo que no significaba nada. Después vinieron los comentarios. Pequeños. Sobre mi pelo. Mi boca. Cómo le queda un vestido. Cosas que un hombre decente siempre puede decir que son inofensivas si una mujer se atreve a repetirlas.”
Tu piel se siente demasiado tensa.
“¿Y se lo dijiste a Tomás?”
Lucía cierra los ojos. “No.”
“¿Por qué no?”
“Porque aún no estaba seguro.” Su voz tiembla por primera vez. “Porque si lo dijera mal, yo sería quien envenenase a la familia. Porque Esteban es respetado, y yo era la esposa nueva de un pueblo pequeño que aún se perdía en los autobuses urbanos y no había terminado mi papeleo en la clínica. Porque hombres como él dependen de la vacilación.”
Por un momento, las estrellas se difuminan antes de que tu visión se estabilice.
Te bajas en la pared baja frente a ella. El hormigón aún conserva un rastro de calor del día. “¿Qué pasó después de que te mudaste?”
Lucía inhala despacio. “La primera semana estuvo bien porque todos estaban cerca. Una noche me desperté y vi luz bajo la puerta de nuestro dormitorio. Pensé que quizá tu madre estaba enferma o que Tomás había olvidado algo. Pero cuando la abrí un poco, no había nadie. Solo el pasillo.” Traga saliva. “La noche siguiente, oí pasos detenerse fuera de nuestra habitación.”
Tus manos se aprietan sobre las rodillas.
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